Dramático
relato involucra al ex capitán Víctor Echeverría, padre de la renunciada
subsecretaria
La confesión del teniente Kenny y los crímenes en el regimiento Buin
Tras
la sentida revelación judicial del oficial en enero pasado, ahora el juez
Carroza debería iniciar una amplia rueda de nuevos interrogatorios que llegaría
hasta insospechadas esferas, partiendo por quienes todos sindican como el
capitán al mando de la Sección II de Inteligencia: Víctor Echeverría, a cargo de
los detenidos en el Buin.

Faltaban
cinco días para la primera Nochebuena después del golpe cívico-militar de 1973.
Esa tarde del 19 de diciembre, el comandante del Regimiento Buin, Felipe Geiger,
dio una orden:
–Saquen
a los tres detenidos de la Cárcel Pública y mátenlos. No los quiero de vuelta
aquí. Después lleven los cuerpos a la morgue. Digan que los encontraron
botados.
Eran
las ocho y media de la noche de ese día 19. Una patrulla del Regimiento Buin
llegó hasta la cárcel de calle General Mackenna, frente al Cuartel General de la
Policía de Investigaciones.
La
patrulla viajaba en una camioneta tres cuartos. La orden de sacar a los tres
detenidos la llevaba extrañamente el tenienteKenny Aravena
Sepúlveda, del Buin, y no los
capitanesGuido Riquelme Andaur y Carlos Rudloff Molina, pese a ser de mayor
graduación. ¿Por qué? Porque ambos capitanes no eran del contingente del
Buin.
Habían
llegado el mismo 11 de septiembre de 1973 en comisión de servicio desde la
Academia de Guerra para reforzar el regimiento, junto a los capitanesRicardo
Hidalgo Rueda yVíctor
Echeverría Henríquez.Al interior del Buin se había descubierto una pequeña
célula del MIR y se inició una investigación.
El
teniente Kenny se presentó en la guardia de la cárcel y dio los nombres de los
tres prisioneros que debía retirar: Jorge Pacheco Durán tenía 20 años, era artesano y militante
de la Izquierda Cristiana. Denrio Álvarez Olivares cumplía ya 17 años, era dirigente
universitario y militaba en las Juventudes Comunistas. Ernesto Mardones Román tenía 19 años y era estudiante
universitario.
El
oficial de Gendarmería a cargo esa noche no se achicó, le exigió a Kenny que
llamara por teléfono al Buin al comandante Geiger. Quiso hablar con el
comandante y que éste le certificara que el teniente tenía la orden suya para
sacar a los presos. Así ocurrió.
Esa
llamada resultó fatal para la patrulla, pues quedó un registro del
secuestro.
–Teniente,
y además me tiene que firmar este libro donde consta que usted retiró estos
detenidos –le dijo el oficial de Gendarmería a Kenny.
Peor
todavía. Ahora estaba el nombre y la firma del teniente en el libro de registro.
Pero Kenny no se preocupó. En ese momento, en el país mandaban ellos y los
fusiles.
Otros
dos tenientes del Buin acompañaban a Kenny: Roberto Hernández y Ernesto Bethke Wulf. La patrulla la integraban cinco
oficiales de Ejército en servicio activo.
Los
tres muchachos habían sido arrestados el 3 de octubre de 1973 por integrantes de
la Policía de Investigaciones, conducidos a su cuartel de General Mackenna,
luego llevados al Buin y desde ese regimiento conducidos a la Cárcel Pública, de
donde ahora los sacaban. Pero esta vez era el destino final.
El
teniente Bethke tenía otra historia: era uno de los que habían asesinado al
cantautor Víctor Jara en el Estadio Chile el 14 de septiembre de 1973 y por ello
hoy está procesado.
Subieron
a los tres detenidos en la parte posterior de la camioneta. Ya había caído la
noche. Ahora los que mandaban eran los capitanes Rudloff y Riquelme.
En
el proceso por estos tres homicidios, que instruye el juez Mario Carroza, no
está claro aún quién recibió la orden de matar a los prisioneros de parte del
comandante Geiger. Si Rudloff, Riquelme, Hidalgo o Echeverría, los cuatro
capitanes que llegaron desde la Academia
como expertos. Kenny sostiene que no fue él quien la
recibió. Que sólo sabía que debía retirar a los tres y llevarlos al Buin. Varios
declaran en la causa que el capitán Echeverría era quien llegó para hacerse
cargo de la Sección II de Inteligencia del Buin, a cargo de los detenidos. Al
menos eso es lo que hasta ahora está establecido en la investigación
judicial.
Pero
el comandante Geiger ya murió, lo mismo que Rudloff. Tampoco se sabe aún quién
eligió a la patrulla de los cinco oficiales.
El
teniente Kenny se sorprendió cuando se dio cuenta de que uno de los dos
capitanes, el que conducía la camioneta, no enfiló rumbo al Buin, sino directo
hacia el norte de Santiago. Kenny sostiene en la investigación que no sabía cuál
era el verdadero destino de los presos, que sólo estuvo a cargo de su retiro
desde la cárcel. Pero no se atrevió a discutir la orden del capitán de la
Academia. Imaginó rápidamente cuál sería el desenlace.
¡MÁTENLES DE A UNO!
Las
calles de Santiago estaban vacías por el toque de queda. La camioneta siguió
avanzando a gran velocidad hacia el norte, hasta que el conductor detuvo su
marcha. En el interior, los tres prisioneros no pronunciaron palabra. Tampoco
los capitanes les habían dicho nada. Uno de los capitanes dio la orden a los
tres tenientes:
–Bajen
a los prisioneros. Cada uno de ustedes se hace cargo de uno de ellos. Hay que
matarlos, esa es la orden.
En
medio de la cerrada oscuridad y el sepulcral silencio en la cantera abandonada
de Colina, con su fusil Garand, Kenny le disparó directo a la
cabeza al que le correspondió. Evitó mirarlo a los ojos. El cuerpo cayó inerte a
sus pies.
Los
otros dos prisioneros fueron asesinados por la espalda por los tenientes Bethke
y Hernández.
De
acuerdo a los protocolos de autopsia, Pacheco recibió cuatro balazos: uno en el
cráneo y tres en el tórax. Álvarez recibió dos disparos y Mardones seis
tiros.
–Suban
rápido los cuerpos a la camioneta, los llevamos a la morgue –ordenó uno de los
capitanes.
El
vehículo partió a toda velocidad por la carretera. En la morgue entregaron los
cuerpos sin identidad. Dijeron que encontraron “a estos NN muertos al borde de
la carretera”. Después volvieron todos al regimiento. Los capitanes se
dirigieron al casino de oficiales a reforzar el ánimo con algunos tragos.
El
10 de octubre de 2013, el juez Carroza procesó al ahora teniente coronel
retirado Kenny Aravena como autor de los tres homicidios. La única información
certera que el juez tenía era que estaba probado que había sido Kenny quien
había sacado a los prisioneros desde la cárcel. Lo acreditaba la llamada del
gendarme al comandante Geiger, pero sobre todo la firma de Kenny estampada en el
libro de registro del penal.
A
fines de 2013, el magistrado cerró la investigación. No había logrado obtener
otra pista certera para encausar a nadie más. Misteriosamente, hasta entonces en
el proceso sólo había podido quedar establecido que los tres detenidos llegaron
de la cárcel al regimiento, y desde allí se les perdió la pista hasta que sus
cuerpos aparecieron en la morgue de Santiago como NN.
Todos
los interrogados habían mentido. Incluso Kenny. Cuando el juez le preguntó
directamente por los tres cuerpos, éste dijo “no recuerdo esta situación para
nada”.
Bethke
lo mismo: “Me parece extraño que personal del Buin los haya retirado desde la
cárcel”. El ahora general retirado Guido Riquelme, afirmó: “No tengo
conocimiento alguno, ignoro todo tipo de información”. Ninguno de los
interrogados sabía nada, y habían sido
los autores de los asesinatos de acuerdo a lo que ahora se conoce.
“QUIERO RECAPACITAR”
A
Kenny le afectó el procesamiento y su arresto decretado. En medio de la angustia
meditó. Hasta que el 10 de enero de 2014 confesó todo al juez Carroza. “Quiero
recapacitar. Estuve nervioso y confundido. Temeroso de encubrir a terceros que
dieron la nefasta orden de eliminar a tres detenidos”. Con su maciza confesión
el juez reabrió la investigación. Ahora todo parte de nuevo. Ahora el magistrado
tiene una confesión y Kenny está firme en sus dichos. Su abogado Jorge Balmaceda
lo convenció de que hablara, que no cayera solo. Que no podía permanecer
envuelto en el manto de la lealtad hacia sus camaradas de armas.
¿A
quién le dio la orden el comandante Geiger de matar a los prisioneros? ¿Se la
dio a uno de los capitanes que iban en la patrulla o se la dio a uno de los
otros dos capitanes provenientes de la Academia que esa noche permanecieron en
el regimiento? Eran los capitanes de la patrulla quienes sabían que debían
matarlos. A quien no parece que el comandante Geiger le diera la orden mortal es
al capitán de la Academia Ricardo Hidalgo. Según él, no estuvo de acuerdo con el
Golpe de Estado y su actuar le costó la baja del Ejército, promovida por el
coronel Manuel Contreras Sepúlveda cuando éste fue director de la Academia de
Guerra.
“El
coronel Contreras obtuvo la firma de mis compañeros de curso en la Academia,
pidiendo que me exoneraran de la institución porque no era de confiar, me dieron
de baja con el grado de mayor”, declaró Hidalgo al juez.
Hidalgo
sostiene que mientras estuvo en el Buin habló con el abogado Roberto Celedón,
que permanecía prisionero en un lugar “incomunicado y separado del resto de los
detenidos y cuya custodia estaba a cargo del Departamento de Inteligencia”.
Afirma
que, tiempo después, se topó con el abogado Celedón en la calle: “Nos saludamos
y conversamos unos minutos”.
La
confesión del actual teniente coronel (r) Kenny Aravena es una gota de agua en
el desierto del secreto de los pactos de silencio. En medio de algo más de mil
600 procesos abiertos a la fecha, estas confesiones certeras que aclaran los
hechos de un crimen y sus autores, no son más de tres o cuatro. Un secreto
guardado por 40 años.
Son
más de mil 600 causas, porque con las mil 200 querellas que interpuso en 2011 la
Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, suman esa cantidad.
Pero
¿quiénes mataron a los hermanos Arturo y Francisco Deila Santos,
20 años de edad cada uno, Luis
Miranda Gálvez, 36 años,
gásfiter, y Manuel Pacheco
Sepúlveda, 19 años,
comerciante ambulante? Estas cuatro personas fueron detenidas entre el 14 y 15
de octubre de 1973 en el Parque Santa Mónica de Conchalí y conducidos al
regimiento Buin, desde “donde se les pierde el rastro”. No obstante, al igual
que lo sucedido con los anteriores tres prisioneros, sus cuerpos aparecieron en
la morgue de Santiago con impactos de bala. Hasta ahora, ninguno confesó por
estos otros crímenes, de igual factura al anterior. Tarea también para el juez
Carroza, que ya tiene al menos una hebra conductora con la confesión de
Kenny.
De
lo que se desprende del proceso, existiría otra patrulla con oficiales
integrantes del Buin y al parecer también con participación de los capitanes que
llegaron desde la Academia de Guerra a reforzar, que podrían ser los autores de
los crímenes contra estas otras cuatro víctimas.
¿Quién
fue, el oficial del Buin o alguno de los cuatro capitanes allegados allí desde
la Academia de Guerra, el que mató al niño de ocho años Héctor González Yáñez,
mientras jugada a la pelota en una cancha al interior de la empresa Endesa.
S.A., en la comuna de Cerro Navia, el 26 de septiembre de 1973? Este es otro
crimen vinculado a los luctuosos episodios del regimiento Buin que indaga el
ministro Carroza.
Tejas
Verdes de San Antonio, la Escuela de Artillería de Linares y el regimiento
Tucapel de Temuco, los regimientos Tacna y Buin de Santiago, aparecen como los
cuarteles donde más crímenes se cometieron tras la asonada cívico-militar del 11
de septiembre de 1973.
Tras
la dramática confesión del teniente Kenny en enero pasado, ahora el juez Carroza
debería iniciar una amplia rueda de nuevos interrogatorios que llegaría hasta
insospechadas esferas, partiendo por quienes todos sindican como el capitán al
mando de la Sección II de Inteligencia: Víctor Echeverría, a cargo de los
detenidos en el Buin.
